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en España" "El
islam y la integracion de la inmigración en España" Por
Bernabé López García. TEIM. Universidad Autónoma de
Madrid Introducción En las últimas
semanas hemos tenido ocasión de escuchar por activa y por pasiva que existen
dos categorías de inmigrantes: los integrables y los inintegrables. Voy
a dejar de lado por ahora la noción de "integración" para
fijarme en esa visión maniquea que excluye a unos frente a otros inmigrantes
y que enlaza con una noción que he ido exponiendo y desarrollando en algún
artículo o conferencia recientes: la noción de "filtro étnico",
la de selección de nuestros inmigrantes y que alguien ha denominado "política
darwinista" de inmigración. A bombo y platillo
se ha presentado en España el libro de Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica.
Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (Taurus, Madrid 2001), y se han difundido
afirmaciones tan "a la ligera" de este autor como aquella que asegura
que "el islam representa el extremo más alejado de Europa por su visión
teocrática del mundo. Sus creencias están en
contra del sistema pluralista. La integración de sus fieles es muy difícil.
Esta situación mejorará con los inmigrantes de segunda generación,
la mayoría de los cuales se socializarán y estarán preparados
para obtener la ciudadanía, siempre que no sean educados en escuelas musulmanas"
(El País, 6 de abril 2001). En un semanario el mismo autor afirmaba que
"el problema es el islam, no es cuestión de racismo" (La clave,
27 de abril-3 de mayo 2001). Creo que se trata de un cliché
que requiere más de una explicación. Un estereotipo que forma parte
de una conciencia generalizada y que en tiempos recientes hemos visto en boca
de un Ministro de Defensa (justificando el reclutamiento de extranjeros procedentes
de países que "hayan tenido o tengan una especial vinculación
con España" –El País, 20 de marzo 2001), de un Delegado
del Gobierno para la inmigración ("además de la lengua y la
cultura común, practicar la religión católica es un elemento
que facilita la integración de los extranjeros en España",
citado por Andrés Ortega en El País, 2 de abril 2001), de un exPresidente
del Parlament de Cataluña, de uno de los padres de la Constitución
española, de periodistas, esposas de personajes públicos, etc. Las
declaraciones de todos estos personajes han sido recogidas por los medios de comunicación
y en cambio no hemos tenido ocasión de leer la opinión de los sujetos
afectados por esta visión, de los que se habla presuponiendo su inintegrabilidad
o dificultad de integración, pero a los que no se les da voz ni se les
pregunta por su actitud. No extraña pues leer que una reciente encuesta
del CIS muestre que ese "filtro étnico" del que les voy a hablar
está ya en el substrato de cierto sector de nuestra opinión pública,
que se proclama mucho más partidaria de acoger a inmigrantes latinoamericanos
que magrebíes (del 9,1 % que se declaran abiertamente partidarios de discriminar
el trato del Gobierno en función de la nacionalidad de los inmigrantes,
un 59,6 % muestran su preferencia por Iberamericanos, frente a un 18 % por Europeos
del Este y un 4,4 % a Marroquíes, argelinos, etc. Y aún un 0,9 %
a africanos del África negra). Encuesta que nos revela también que
la tercera preocupación de los españoles es la inmigración,
detrás del terrorismo y el paro. Pero volvamos al título
y al debate que suscita. Puntualicemos en primer lugar qué inmigración
nos llega, y qué respuesta produce y por qué. Veamos finalmente
qué hay detrás del chiché del Islam como la anti-Europa. Inmigración
y vecindad: En líneas generales, la inmigración
que ha llegado en los últimos quince años a nuestro país,
lo ha hecho por diversos canales, legales o ilegales, pero movida por el azar
y la oportunidad, sin que haya habido ninguna voluntad de selección previa
ni de discriminación. Han llegado en mayor medida y número los más
cercanos, nuestros vecinos inmediatos, los marroquíes, separados de nosotros
tan sólo por 14 kilómetros, aunque -eso sí- por una sofisticada
barrera de leyes y controles que componen hoy lo que se ha dado en llamar el "muro
de Schengen" a imagen y semejanza del "muro de Berlin" de ayer.
Si a este se le conoció como el "muro de la vergüenza",
el otro no merece un calificativo diferente ya que se ha convertido en la demostración
viva de que en nuestros principios hay un doble lenguaje, el que defiende la libertad
de movimientos para las mercancías y la restringe para las personas por
el sólo hecho de que buscan mejorar sus condiciones de vida en países
que quieren proteger sus privilegios. No hay duda de que este
azar ha generado reacciones desde hace ya unos años, reacciones negativas
desde determinados colectivos y sectores de la población, que se han plasmado
en incidentes como los de Fraga, Terrassa o El Ejido, manifestándose todo
un zócalo xenófobo que tiende a rechazar a los inmigrantes procedentes
de los países del Magreb, de Marruecos en especial, país que aporta
el 20 por ciento de los inmigrantes prcedentes de los países que comúnmente
hemos dado en llamar del Sur, los en otro tiempo denominados del Tercer Mundo.
Conviene recordar algunas cifras. A fines de 1999, los inmigrantes
en situación regular en España eran tan sólo 801.329. Un
40 % eran europeos comunitarios, un 20 % oriundos de América, un 20 % procedentes
de Africa del Norte, de los cuales un 95 % marroquíes. Los asiáticos
representaban un 9 por ciento (una tercera parte de China), los subsaharianos
un 4 por ciento y el resto provenían de los países del Este de Europa.
En total, los residentes extranjeros representaban menos del 2 por ciento de la
población total española, mientras en otros países suponen
entre el 6 y el 8 por ciento de países como Francia, Austria o Alemania,
el 9 por ciento de Bélgica o el 18 de Suiza. Los marroquíes
en situación regular son hoy casi 200.000. Hace diez años eran tan
sólo 16.000. ¿Es esto lo que preocupa a ciertos sectores de nuestra
población?. Veamos un poco la historia de la llegada de este colectivo,
las fases que ha conocido lo que yo llamé hace unos años en un libro
"el retorno de los moriscos". Empezaron a asentarse
en la Cataluña de los setenta, cuando se les cerraron las fronteras de
la Comunidad Europea. Los marroquíes comenzaron a sustituir a los ya clásicos
xarnegos de antaño. Encontramos de un lado los que soñaban con llegar
a Alemania, Francia u Holanda y terminan quedándose en Cataluña,
junto con los que alternan los estudios con el trabajo, o los rifeños,
alguno de los cuales sabrá afirmar y explotar su nacionalismo en una región
en pleno despertar político lingüístico y cultural como es
esta región antes y después de la transición política
española. No falta tampoco el refugiado politizado que decide dedicarse
a la lucha por la defensa de sus conciudadanos y convertirse en sindicalista,
el que ha logrado formar una familia asentada, como tampoco el marginal dedicado
a sus "negocis"… Todo un cuadro de "pioneros", de "primo-migrantes"
que encierra en embrión lo que luego será la inmigración
más densa y característica de los noventa. Se cuenta todo ello en
el libro Marroquins à Barcelona. Vint-i-dos relats (Editorial Laertes,
Barcelona 1983), del que son autoras Maria Roca, Àngels Roger y Carmen
Arranz. La prensa habló por entonces mucho de estos "nuevos esclavos",
llegándose a estimar por los periódicos de entonces entre 50 y 100.000
individuos. Probablemente una cifra exagerada, pero que da cuenta de los flujos
y reflujos de la inmigración. Momento clave en el desarrollo
de esta población fue el de los años comprendidos entre las regularizaciones
de 1986 (un año después de la Ley de Extranjería) y la de
1991, fecha del establecimiento del visado para los ciudadanos del Magreb. Se
superó por entonces la cifra de los 60.000. A lo largo de los años
noventa han sido regularizados 137.326 marroquíes que han entrado por diferentes
medios en España, lo que constituye un 35 por ciento de los nuevos permisos
concedidos en los sucesivos procesos de regularización o de contingentes.
Una parte significativa, la inmensa mayoría, procede
de las bolsas de ilegales que han ido estableciéndose en España
sobre todo en las localidades donde hay trabajo de temporada y que han logrado
ir aprovechando los contingentes para su regularización. A estos regularizados
hay que añadir los familiares que han llegado en virtud del reagrupamiento
y los nacimientos en territorio español. Un 35 % se encuentran en Cataluña,
un 17 % en Madrid y un 15 % en Andalucía. El 33 % restante se reparte entre
Murcia, Valencia, Extremadura, Castilla-La Mancha, Canarias y Baleares. Las demás
comunidades autónomas cuentan con menos de un dos por ciento cada una.
Este asentamiento ha sido pacífico, gradual, haciéndose
visibles los marroquíes en determinados barrios de las grandes ciudades.
En alguna localidad agrícola la instalación ha sido marginal, viviendo
en la precariedad a tenor de la condición laboral a la que han sido sometidos
estos inmigrantes. La reacción de la población ha variado de unos
contextos a otros, debiendo notarse la sorpresa e incluso el choque ante lo diverso,
lo diferente, algo que como algún estudioso ha denominado, resultaba "inesperado".
Las encuestas de opinión revelaban una percepción negativa hacia
este grupo humano, pero no se concretaba en opiniones manifiestamente discriminatoria.
Lo que aparece como nuevo, aunque sus primeras manifestaciones
las hayamos visto desde hace ya al menos cinco años va a ser la aparición
de un discurso abierto, avalado por algunos intelectuales orgánicos vinculados
al poder, pero en el que empiezan a deslizarse algunos otros intelectuales de
ideologías más a la izquierda, discurso partidario de filtrar a
los inmigrantes en función de su procedencia geográfica pretextando
razones culturales o religiosas que justificarían una mayor integrabilidad
de determinados colectivos frente a otros. Concretamente los latinoamericanos
frente a los magrebíes o africanos, los cristianos frente a los musulmanes,
los hispanoparlantes frente a los hablantes de otras lenguas. Discriminación
de la inmigración: Es cierto que la primera
muestra de discriminación de la inmigración según sus orígenes
la planteó la primera Ley de Extranjería de 1985. Distinguía
una serie de colectivos "preferentes" a la hora de facilitarles su incorporación
a la ciudadanía: latinoamericanos, sefardíes, gibraltareños,
ecuatoguineanos… Dejó fuera intencionadamente a marroquíes
del norte, a saharauis, a ceutíes y melillenses de origen marroquí.
Se daba la circunstancia de que todos esos colectivos eran musulmanes y lo más
probable es que en la mentalidad del legislador no primase tanto una discriminación
de carácter religioso cuanto el riesgo político de abrir las puertas
a la "marroquización" paulatina o acelerada de las ciudades españolas
del norte de África, o suscitara una cuestión espinosa como la del
destino o el futuro de los saharauis. Los incidentes de Melilla de 1986 y 1987
revelaron el inmenso error de haber realizado esta discriminación. Por
otra parte, haber dado "preferencias" a los oriundos del Norte de Marruecos
en razón de los lazos que ligaron al territorio como zona de protectorado
por España, hubiera dado pie a una aceleración de la inmigración
que se temía por parte de una España sin tradición en este
campo de la extranjería. La primera vez que oí
una defensa expresa de la selección de nuestros inmigrantes fue en una
conferencia de Antonio Garrigues Walker en la Agencia Española de Cooperación
Internacional allá por el año 1990. No era por entonces aún
la inmigración un fenómeno importante en España, pero me
sorprendió que apostara nítidamente por la mayor integrabilidad
de los oriundos del Este de Europa frente a los musulmanes del Magreb. Más
tarde he tenido ocasión de escuchar de la boca de algún político
del actual partido en el gobierno sus razones en apoyo de una tesis similar. En
un debate sobre la Conferencia euromediterránea de Barcelona en la Fundación
para el Análisis y los Estudios Sociales (4-10-1995), Javier Rupérez
llamaba la atención en 1995 acerca de los factores de inestabilidad en
la región, surgidos de las diferencias culturales entre las orillas del
Mediterráneo, advirtiendo que "el problema no está en el islamismo.
El problema está en el Islam". No dice otra cosa hoy Giovanni Sartori
cuando dice que "el problema son los musulmanes y su religión"
(La clave, número citado). Para él, el inmigrante
extraño religiosa y étnicamente, del que es prototipo el procedente
de países musulmanes, es inintegrable, llegándolo a considerar abiertamente
un "enemigo cultural", un "contraciudadano". En
estos últimos años nos hemos encontrado frente a frente con un debate
de identidad, en el que algunos plantean sin tapujos la necesidad de un filtro
étnico para la inmigración que nos llega. Algunas voces de peso
lo reclaman en artículos de opinión, en conferencias, en tertulias,
en libros. Voces que dicen limitarse a transcribir lo que se piensa en la calle,
que los medios de comunicación reproducen y amplifican y que a su vez redundan
en una opinión que aparece bombardeada por una presencia permanente del
tema de la inmigración en portadas de diarios, en cabecera de los telediarios,
hasta el punto de convertirlo en tema de "preocupación". En
febrero de 1997 Federico Jiménez Losantos publicaba en ABC un artículo
titulado "Faltan inmigrantes" (25 de febrero). El título ya indicaba
una posición a favor de la inmigración. Sí, pero selectiva.
Hablaba de una "repoblación" de ciertas regiones españolas
despobladas, como las dos Castillas, Aragón, Extremadura o el interior
de Andalucía, pero advertía taxativamente: "Es verdad de una
entrada masiva de africanos musulmanes produciría conflictos raciales y
culturales. Pero contando con que la inmigración es inevitable y beneficiosa,
¿no sería más inteligente facilitar cada año la entrada
de cien mil inmigrantes hispanoamericanos, de nuestra misma lengua y religión,
fácilmente asimilables, con tal de que se trate de familias trabajadoras
y con descendencia dispuestas a asentarse por un cierto número de años
en las comarcas que más lo necesiten?". El artículo venía
a concluir que "estamos todavía en situación de elegir a nuestros
inmigrantes. Si no lo hacemos, ellos nos elegirán a nosotros. Y será
tarde para quejarnos". Dos años y medio más
tarde, Federico Jiménez Losantos publicaría también en ABC
(5-10-1999) un artículo en esta misma línea titulado "Inmigración
racional". Su argumentación era que en el siglo XXI España
sería un país de ancianos e inmigrantes. Avanzaba
incluso la cifra de que en la década siguiente España necesitaría
un millón de inmigrantes para mantener su ritmo de crecimiento económico.
Que nuestro país debería procurar tenerlos legales y no en régimen
de esclavitud. Hasta ahí todo correcto. Pero nuestro articulista filtraba
que los centenares de miles de trabajadores procedentes del Norte de Africa deberían
tener su billete de ida y vuelta y aún previsto en billete de regreso para
la siguiente temporada, pues las cosechas de nuestra agricultura retornan cada
año y alguien tendrá que recogerlas. Es ahí donde nuestro
articulista argumenta: "Así como los jornaleros o temporeros andaluces
del siglo XXI pueden muy bien ser magrebíes, me parece esencial que pensemos
en una inmigración definitiva que no consolide guetos y que reduzca al
mínimo las inevitables tensiones de inserción social. La lengua
y la religión son elementos clave, porque conforman también el modelo
familiar, núcleo básico de socialización de los individuos,
al menos en España. Hispanoamericanos y católicos del este de Europa
son las extracciones geográficas que más fácilmente pueden
arraigar en nuestro país, las que en una sola generación tendrán
hijos españoles sin más complejos que los inevitables y con el razonable
cosmopolitismo que precisará cualquier criatura del milenio inmediato".
Con esta distinción entre "temporeros" y "permanentes",
asociados los primeros a los inasimilables y los segundos a los integrables, caemos
-queriéndolo o no- en una lógica que nuestro campo ya conoció
hace cien años, con la categoría de los "jornaleros" considerados
por los señoritos de los pueblos como los "transeúntes",
que se escogían en la plaza del pueblo cada mañana antes de las
faenas en función de su vigor, de su mirada y de un historial de sumisión
imprescindible para constituir carne de explotación. Para los que sobraban,
los que miraban mal o expresaban reivindicaciones, allí estaba la Guardia
Civil de entonces, la que hicieron famosa episodios como Casas Viejas y otros,
para deshacerse de ellos. ¿No es esto, acaso, en realidad, lo que ocurre
hoy con los ilegales?. Lo dramático es que sean hoy los hijos de los jornaleros
de ayer los que en localidades como El Ejido reproduzcan el papel de los señoritos
de ayer. Pero volvamos al hilo de nuestra argumentación.
Por la misma fecha que Jiménez Losantos escribía el segundo de los
artículos comentados, Miguel Herrero de Miñón, uno de los
padres de nuestra Constitución de 1978, escribía en el diario El
País (9-10-1999) su artículo "¡Que vienen!", en
el que aludía a los riesgos de sociedades en mal de identidad como la austríaca
y como puede terminar la nuestra si no se abordan ciertos tabús, ligados
algunos a la inmigración. Hablaba Herrero también de "optar"
por una inmigración determinada, de "traer" a unos y no a otros
inmigrantes -lo que hace pensar en cierta reserva del derecho de admisión-,
en "razón de afinidad lingüística y cultural" o religiosa.
Defendía claramente escoger a "iberoamericanos, rumanos y eslavos
con preferencia a africanos", llegando a expresar en voz alta que "una
cosa es la cooperación intensa con el Magreb y otra el fomento de la difícilmente
integrable inmigración magrebí". ¿No fue acaso esto
mismo lo que trataron de poner en práctica los empresarios de El Ejido
contratando a europeos del Este de Europa para contrarrestar el efecto de la huelga
de marroquíes tras los acontecimientos xenófobos de febrero de 2000?.
Herrero de Miñón concluía en línea
con Jiménez Losantos: "Frente al estuporoso ¡que vienen!, planteémonos
el racional ¿a quien traemos?". Una argumentación
como la de Herrero de Miñón no puede calificarse a mi juicio, pese
al respeto que como intelectual me haya merecido siempre su figura, más
que de racista (Javier de Lucas en una respuesta publicada en el mismo diario
la llamó con un término algo más suave: etnicista) en
lo que tiene de discriminación de unas razas frente a otras, aunque sea
en pro de una hipotética mayor facilidad de integración y en búsqueda
de una cohesión identitaria de la que nadie ha precisado ni podrá
precisar jamás cuál es su grado óptimo. La identidad se va
haciendo, reconociendo, transformando, conforme asumimos nuestra realidad y nuestro
entorno. La política y el debate
sobre la inmigración Llama la atención
que el debate sobre la inmigración haya entrado de lleno en la vida política
española, en contra de lo que pactaron en 1991 todos los grupos políticos
españoles en el Parlamento, en vísperas de la primera gran regularización.
En recuerdo de nuestro pasado de emigrantes, de los sufrimientos que debieron
padecer discriminados en otras partes del mundo, los diputados de todos los partidos
(hubo una excepción, la de Izquierda Unida, pero fue porque proponía
un texto más radical, no por estar en desacuerdo con la proposición)
decidieron negarse a explotar políticamente la cuestión de la inmigración
para evitar la creación de partidos xenófobos y racistas como el
de Le Pen en Francia. Resulta paradójico que justo cuando
en Francia cesa de "vender" electoralmente el tema de la inmigración,
cuando el partido de Le Pen se haya roto y disminuido su influencia, cuando el
exPrimer Ministro Alain Juppé y su partido se hayan integrado en el consenso
sobre los beneficios de la inmigración en el otoño de 1999, cuando
las últimas elecciones legislativas francesas en las que triunfara la "izquierda
plural" demostraran que la inmigración fuese un tema de segunda fila
al contrario de lo que había ocurrido en los últimos veinte años,
en España aquel consenso de 1991 sobre la no instrumentalización
política del tema migratorio ha saltado en pedazos. En
octubre de 1999 Philippe Bernard publicaba en la primera página de Le Monde
su artículo "Alto el fuego sobre la inmigración" en el
que aseguraba que la obsesión migratoria que Francia padeció en
los años ochenta y noventa, que había hecho utilizar a los extranjeros
como chivos expiatorios de la crisis, finalizaba con el siglo. Justo por aquellos
días el Partido Popular se desmarcaba de un proyecto de ley que había
sido consensuado por todos los grupos parlamentarios y que contaba incluso con
el apoyo del Ministerio de Trabajo, uno de los responsables en las cuestiones
migratorias. Se llegó así a un espectáculo en el que los
cálculos electorales -pues la legislatura llegaba a su término-
estuvieron presentes, todo hay que decirlo, en la mayor parte de los partidos.
Se concluyó así una ley sin consenso, con precipitación,
imprecisiones, acerca de un tema clave que empezaba a desgarrar en determinados
lugares a la opinión pública, como habían demostrado incidentes
como los de Terrassa unos meses antes. El Senado, con la mayoría popular,
modificó la ley en un sentido restringido, según una concepción
securitaria de la cuestión de la inmigración, en contra de los otros
grupos que hacían su juego defendiendo una visión más integradora.
Pero de retorno al Congreso de los Diputados, la convergencia de los demás
grupos derrotó al Gobierno naciendo así en diciembre de 1999 una
ley sin concordia bajo la promesa expresa del Presidente Aznar de modificarla
restrictivamente si ganaba las elecciones. Justo en período
electoral y con este ambiente irrumpieron los acontecimientos de El Ejido a los
que he hecho alusión, en febrero de 2000. Las televisiones nos mostraron
la "caza del moro" en esta localidad de Almería, los resultados
del vandalismo xenófobo, las opiniones de muchas personas que por primera
vez se atrevían a expresar opiniones contrarias a lo "políticamente
correcto" que hasta entonces era ese discurso consensuado sobre la necesidad
de la inmigración y lo detestable del racismo. La gente de ese pueblo -cierto
que demonizado en los medios de comunicación y tal vez bajo los efectos
de un reflejo defensivo- habló ante las cámaras sin tapujos de los
"reparos" de sus hijas y de sus mujeres -la connotación sexista
no era casual- al pasar en la acera junto a los "moros", que, ya se
sabe, "son distintos en sus costumbres". Los agricultores almerienses
no ocultaban sus preferencias por los "morenos" (eufemismo para referirse
a los subsaharianos) frente a los "moros", pues "sabido es"
que son más dóciles y menos reivindicativos. Empiezan a "saber
demasiado" de sus derechos, a exigir más, a no ser tan rentables.
Y a poner en peligro su modelo de crecimiento. Así de claro. Un
mes más tarde las elecciones dieron al Partido Popular la mayoría
absoluta. No quiero decir, evidentemente, pues no se ajustaría a la realidad,
que a causa de la explotación de su discurso "duro" de cara a
la inmigración. Pero ese discurso fue parte, e importante, de su rostro,
de un rostro que le valió el triunfo electoral. Ni que decir tiene que
al alcalde popular de El Ejido le valió casi salir a hombros en la plaza
de su pueblo. Lo que da que pensar, mientras las ONGs que apoyaban a los inmigrantes
en su localidad tenían que hacer las maletas y marcharse de ese pueblo
o camuflarse como Almería acoge en un piso "cuasi clandestino"
o al menos sin signos de identidad para evitar represalias. Llegó
de nuevo y con mayoría el PP al Gobierno y aprobó "su"
ley de Extranjería, recortando los derechos de asociación, manifestación,
sindicación y expresión de los "clandestinos", pretendiendo
negar así su existencia como personas y ciudadanos. Los medios de comunicación
cayeron en la trampa de pregonar el eco de que la Ley "aperturista"
que estuvo en vigor un año (de enero de 2000 a febrero de 2001) era una
"ley coladero" y producía un "efecto llamada". El proceso
de regularización que conllevaba, abierto de abril a julio, reveló
que las solicitudes duplicaban las previsiones del gobierno, elevándose
a 244.713, de los cuales 134.509 fueron aceptadas a fines del pasado año,
mientras una buena parte, unas 80.000, fueron denegadas, creándose esa
situación que nuestro país ha vivido en la que nos desayunábamos
todos los días con telediarios y portadas de prensa sobre la inmigración,
haciéndonos creer víctimas de una invasión silenciosa de
pateras y clandestinos. Encierros, ridículos viajes pagados a ecuatorianos
para resolver -por la módica cantidad de 130.000 pesetas pagadas por el
erario público- sus papeles en la embajada de España de Quito, intentos
de firma de convenios con los principales países proveedores de inmigrantes,
la sensación en suma de que nos encontramos con un "problema"
de envergadura y por lo demás "insoluble". Justo
lo contrario de lo que se debería haber transmitido, si tan convencidos
estamos de que son necesarios centenares, millones incluso de inmigrantes para
nuestra economía y para pagar el día de mañana nuestras pensiones.
No hay una respuesta clara alternativa a este discurso que
problematiza y demoniza la inmigración, que aparece nítidamente
en la opinión pública y que se traduce en votos cuando se convierte
en propuesta política. A escala estatal la oposición reta al partido
del Gobierno a un "Pacto de Estado" sobre la inmigración, pero
los puntos sobre los que lo centra son demasiado vagos. Se defienden los derechos
constitucionales de los "ilegales", que han quedado excluidos por la
actual Ley. Pero no se combate ese zócalo popular que piensa que hay inmigrantes
integrables y no integrables. Al contrario, algunos -ya lo hemos visto- hablan
de que en poco tiempo nuestras iglesias románicas serán sustituidas
por mezquitas. Hace unos meses el propio Presidente de la Generalitat daba una
conferencia en el Casino de Madrid titulada "Ante el reto de la inmigración".
Valiente en algunos puntos, cuando denunciaba el oportunismo electoral de todos
(incluía a su partido también) al no plantear el debate electoral
a fondo cuando se discutía la anterior ley. Pero nada lejos de lo que se
le escapó a la Señora Ferrusola, cuando dijo que los madrileños
tenían suerte porque parecía que casi todos los musulmanes se iban
a Cataluña mientras en Madrid se quedaban los sudamericanos. Por supuesto
en la edición de esa conferencia la expresión coloquial aparece
suavizada: "No es lo mismo enfrentarse a los problemas que plantea la inmigración
de sudamericanos en Madrid que la de magrebíes o subsaharianos en Girona"
(Ante el gran reto de la inmigración, Generalitat de Catalunya, Barcelona
2000, p. 31). Con todo, la conferencia entera es una defensa de una política
de selección de la inmigración. De nuevo el filtro étnico
y en boca de un dignatario de su talla. También
entre la "progresía" empieza a traslucirse un discurso que habla,
con treinta años de retraso con respecto a la Francia de Giscard D'Estaing,
de "umbral de tolerancia". Se filtra una cierta resignación ante
la pérdida de la "cómoda homogeneidad étnica y cultural
a favor de un creciente pluralismo y multiculturalismo", en expresión
de un columnista de El País, Fernando Vallespín en su artículo
"Muerte en el paraíso" (6 -1-2001), escrito a raiz de la muerte
de 12 trabajadores ecuatorianos arrollados por un tren. El artículo concluía:
"Como recientemente ha observado Giovanni Sartori (en su libro La sociedad
multiétnica) tenemos que estar preparados para aceptar que no todos los
inmigrantes son necesarios y que el mayor desafío que suscitan es, precisamente,
el de la integración en los valores y la forma de vida del país
huésped. Y los sociólogos advierten de la conexión empírica
existente entre el aumento de la heterogeneidad étnica y la disminución
de la solidaridad. Por no mencionar algo que ya se percibe en las encuestas: un
cierto incremento en las actitudes racistas. ¿Cuál es el umbral
-el porcentaje de la población total- a partir del cual la población
foránea puede ser integrada? ¿Tenemos algún modelo de integración?
¿Está preparado el sistema educativo y laboral para facilitar la
integración y evitar los brotes xenófobos?". La
geografía, la historia y la cultura Conviene
que reflexionemos que si una quinta parte de nuestra inmigración proviene
de Marruecos es porque, como decía el Embajador de España en aquel
país vecino, la geografía es testaruda y sería de necios
ignorarlo. Es imprescindible, como acabo de señalar, asumir nuestro entorno.
España está en el cruce de dos continentes, en la tangencia de culturas
diferentes, una de las cuales vivió durante ocho siglos en nuestro suelo
y muchas páginas de su historia pasan hoy por las más brillantes
de nuestro legado del pasado. Sería pues una necedad y una locura pretender
que esa posición geográfica no se refleje en nuestra composición
humana. Entra dentro de lo que Galdós denominaba la "lógica-natural"
en sus Episodios nacionales. Aunque no se trata de exagerar aquella visión
galdosiana de que, al fin y al cabo, vivimos en esa "Berbería bautizada
que llamamos España", pero sí de comprender y hacer comprender
a nuestras generaciones actuales y futuras que nuestro medio natural es tanto
Francia como Marruecos. Porque vivimos aquí y la geografía no se
puede cambiar. Es por ello absolutamente imprescindible que
en el debate sobre las Humanidades que hace un año saltó a la palestra
de los medios de comunicación se contemple tan natural el conocimiento
profundo del medio político en el que estamos integrados, la Unión
Europea, como el estudio y comprensión de realidades inmediatas como nuestra
vecindad con el Norte de Africa y con Marruecos en concreto. Nuestros alumnos
de primaria y secundaria, que se sientan cada día más en sus pupitres
junto con hijos de inmigrantes, marroquíes en la mayor parte de los casos,
no deben ignorar qué es el subdesarrollo y cuáles son sus causas.
Y desde luego cuáles pueden ser algunas de las soluciones, de las que no
debemos sentirnos ajenos. No se puede ignorar tampoco que la
inmigración contribuye al desarrollo futuro de nuestros vecinos. Y que
el desarrollo aportará estabilidad social y política a un país
que nos importa sobremanera porque su realidad "salpica" -y perdonen
la expresión- sobre la nuestra. Siempre, además,
lo ha hecho así, y así lo constataba Manuel Azaña hace ochenta
años, pero así podemos seguir constatándolo hoy, a comienzos
del siglo XXI. ¿Nos debe interesar antes el desarrollo de Rumania o de
Polonia que el de Marruecos? Qué va a producir más ventajas de estabilidad
y armonía con nuestro entorno: ¿atenuar los roces y conflictos que
perduran con nuestro vecino del Sur o ignorarlo mientras nos ocupamos de crear
en España un paraíso de blancos y católicos?. Por egoísta
que pueda parecer, en nuestras prioridades debe estar, pues, contribuir a que
el desarrollo "de nosotros mismos" se haga en las mejores condiciones
posibles. Y no será convirtiendo a la inmigración marroquí
en una inmigración de segunda clase, de "turistas-esclavos" con
billete de ida y vuelta, que sueñan con escaparse del tren de confinamiento
que les obliga a retornar cuando la faena ha terminado. Hay
que empezar a plantearse otros temas colaterales a la inmigración y que
se salen del país en que vivimos: Si hablamos de solidaridad no debe ser
esta entendida sólo dentro de nuestras fronteras, sino fuera de ellas.
Por ello no está mal que en el artículo al que al principio de esta
conferencia me referí, "En Madrid no hay negros", de Andrés
Ortega, se concluyera: "Algunos piensan que hay que acomodar esta inmigración
-que necesitamos para nuestro bienestar y que de todas formas va a venir- a nuestra
historia, es decir, preferentemente América Latina, como si por debajo
de la lengua común no hubiera también inmensas diferencias. Tampoco
se puede olvidar que el mundo árabe estuvo en España largo tiempo,
con huellas perdurables". Está bien hacer
referencias a la historia común, creadora de identidades. Pero el uso y
abuso de la historia puede hacer caer, con facilidad, en la ideología.
Argumentos podemos encontrar en la historia, en la geografía, en la cultura,
para defender a unos inmigrantes frente a otros, pero eso sería, una vez
más una forma de discriminación. Islam
e integración de la inmigración : Al principio
de esta conferencia he señalado cómo con el libro de Giovanni Sartori
se ha extendido el cliché del Islam inintegrable. Hace unos días
una página de debate en el diario El País (6 de mayo 2001) rebatía
de la mano de Joaquín Arango y Sami Nair este tópico. Conviene quizás
aclarar algunos conceptos a este propósito. El prejuicio
contra el Islam tiene una larga historia en España. No viene al caso remontarse
en esta conferencia a la imagen deformada desde un combate religioso que alcanzó
su cénit entre los siglos XVI y XVII y que ha merecido un profundo y rico
libro (Miguel Angel de Bunes Ibarra, La imagen de los musulmanes y del Norte de
África en la España de los siglos XVI y XVII. Los caracteres de
una hostilidad, CSIC, Madrid 1989). Cénit que sirvió para la justificación
de una exclusión que terminó en expulsión masiva de una minoría,
los moriscos. Me importa que reflexionemos sobre la confusión que, sobre
todo tras la publicación del libro de Samuel Huntington acerca del choque
de civilizaciones, se viene haciendo en torno al Islam, considerado como una amalgama,
unas veces como religión, otras como cultura, otras como un bloque estratégico-político-militar.
Confusión también acerca de una equiparación de dos términos
que no son simétricos, el Islam y Occidente, convertidos en opuestos. Con
encuestas de opinión en apoyo, Huntington pretendía confirmar el
sentimiento de amenaza que americanos o europeos sienten con respecto al "renacimiento
islámico", la "amenaza musulmana" o el "riesgo del
sur". El prejuicio retroalimenta el prejuicio. Es hora de empezar a poner
el punto sobre la "i" de islam. Giovanni Sartori
ha sido presentado en los últimos meses en España como el nuevo
apóstol de la libertad, capaz de decir y hasta de justificar con argumentos
científicos lo que en otros ha provocado ríos de críticas
por atentar a lo políticamente correcto. Los excesos verbales de Marta
Ferrusola o de Heribert Barrera han quedado ampliados por quien ha disfrutado
de entrevistas en profusión para pronunciar desde la impunidad más
absoluta, sus diatribas contra una inmigración inasimilable de origen islámico,
convertida por él en "enemigo cultural". Para llegar a esta conclusión
se apoya en una visión reduccionista del Islam, convertido en "cultura
fideísta o teocrática que no separa el Estado civil del Estado religioso
y que identifica al ciudadano con el creyente", en una religión que
no reconoce la ciudadanía más que a sus fieles. Pero ver el Islam
en abstracto, como se pretendió definir hace 14 siglos, sin querer reconocer
que en la mayor parte de los estados musulmanes de hoy los musulmanes viven en
sociedades donde de facto las dos esferas de lo civil y lo religioso se encuentran
separadas aunque no digan reconocerlo, sometidas a sistemas jurídicos inspirados
en los europeos y sin más condicionamientos al derecho islámico
que los que marca el derecho de familia, es aferrarse a una visión del
Islam fuera de la realidad. Querer convertir en intérpretes del Islam a
los sectores más oscurantistas, violentos y antioccidentales como son los
movimientos islamistas, es ignorancia o mala fe, pues de ninguna manera encarnan
el islam que practica la mayoría de los ciudadanos que provienen de esos
países. El desconocimiento profundo del Islam en nuestro
país permite su fácil diabolización en los medios de comunicación,
que lo reducen a un estereotipo difundido en los años de auge del islamismo
político, un islamismo que, como señala Gilles Kepel, empieza ahora,
desde final de los noventa, a declinar. Quien acaba pagando el pato con esta estereotipación
es la inmigración procedente de países islámicos de nuestro
entorno más inmediato, a la que se le achaca el sambenito de inasimilable
porque se le atribuyen los rasgos de un islam fanático y revanchista frente
a Occidente. Sin embargo, cada día da muestras de su voluntad de con-vivir
y de adaptarse a las normas de nuestro suelo. Se la convierte además en
sujeto mudo al que nunca se le pregunta ni se le hace hablar sobre su voluntad
de integrarse, sino sólo se le atribuyen unos rasgos y unos comportamientos
de los que no se puede defender expresando su punto de vista. Por
otra parte, el Islam en la emigración, lo que se viene denominando por
autores como Felice Dasseto o Oliver Roy "el islam europeo", ha sufrido
una transformación desde un islam-cultural a un islam-religión,
que se va alejando de la práctica de las sociedades de origen. Se
convierte así, como dice Olivier Roy, en "una experiencia individual
y no en un hecho comunitario, aporte éste sin duda de la occidentalización
al islam" (Vers un islam européen, Ed. Esprit, París 1999,
p. 81). El Islam europeo, minoritario, se siente huérfano de un Estado
que lo proteja, lo que "entraña necesariamente un recentramiento de
la religión en el individuo" (p. 88). La propia práctica de
los creyentes musulmanes va creando su propia laicidad, al inscribirse en un espacio
laico en Europa (id. P. 91). El practicante islámico obedece cada vez más
a su propia voluntad. No es la coerción social la que le mueve a practicar
su religión sino su decisión personal. El Islam
va así inscribiéndose cada vez más en el paisaje religioso
de las sociedades europeas, asemejándose en su religiosidad a la de otras
iglesias. En contra de lo que temen los agoreros del choque de civilizaciones
no será en Europa donde este se produzca. Se atribuye al Islam conflictos
que son de otra índole. Se convierte en religioso o en cultural lo que
en muchos casos no es más que producto de la precariedad o de la exclusión.
Como señala el citado Olivier Roy refiriéndose a Francia, "hay
que disociar la cuestión del Islam […] con la de los beurs [la segunda
generación de magrebíes], la de [la conflictividad de] los barrios
periféricos y la del Medio Oriente, incluso si en algún caso hay
solapamientos" (p. 103). ¿Por qué en España
las cosas habrían de transcurrir de manera diferente? Aquí el Islam
ha sido reconocido como religión de notorio arraigo desde 1989, cinco año
después que protestantes y judíos. El dictamen de la comisión
que lo reconoció recordaba que la religión islámica está
presente en España desde el siglo VIII, lo que se ha prolongado hasta hoy
con diferente grado de pervivencia. Se argumentaba además la importancia
de la religión islámica en el mundo, la proximidad geográfica
de España al "territorio nuclear islámico" y el crecimiento
de la emigración procedente de los países islámicos. Las
relaciones con el Estado se definieron en un Acuerdo de Cooperación suscrito
en abril de 1992 y oficializado mediante Ley aparecida en el BOE del 12 de noviembre
de ese año. Para llegar a ese Acuerdo las diferentes
comunidades islámicas hubieron de integrarse en federaciones que crearon
una única entidad denominada Comisión Islámica de España
convertida en el portavoz del Islam español, a quien le corresponde negociar
los diferentes aspectos de la gestión del culto, de la enseñanza
religiosa, de los derechos de los musulmanes en España. Se ha evitado así,
en una religión sin clero, dar como en Francia primacía a un determinado
colectivo nacional para convertirlo en interlocutor privilegiado –caso del
argelino, en cuyas manos está la gestión de la más importante
de las mezquitas del país, la de París. Hay, eso sí, intervención
de algunos países más o menos poderosos como Arabia Saudí
pero que no logran politizar al conjunto de un Islam diverso que busca hacerse
su lugar en el espacio religioso de este país sin otras aspiraciones a
injerirse en otras esferas. La integración del Islam, pues, comienza por
aceptarlo como religión "de notorio arraigo" y por tratarlo como
tal, sin pensar de antemano que es una religión diferente con aspiración
a ser más que una religión. El peligro, como en la España
de los moriscos, estaría en concebirlo como una quinta columna de una fuerza
o un imperio exterior. Pero a principios del siglo XXI si algo debemos haber aprendido
es a no ver fantasmas. (volver
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